Hiroshima, el fatídico fin de la Segunda Guerra Mundial

El 6 de agosto de de 1945, hace 74 años, el Enola Gay arrojó su «Little Boy»  sobre la ciudad japonesa de Hiroshima la primera bomba atómica. La bomba dejó aproximadamente 140.000 personas muertas, unos 70.000 heridos y una ciudad devastada.

Barricada Historia comparte una pequeña reseña de este acontecimiento que marcó la vida e historia del pueblo de Japón.

Origen

El origen de este acontecimiento se le atribuye a una carta enviada por Albert Einstein a Franklin D. Roosevelt en agosto de 1939. Hablaba de una nueva bomba, extremadamente poderosa, desconocida. La capacidad de destrucción de esa bomba era inimaginable. En manos de Adolf Hitler podía ser muy peligrosa.

Albert Einstein escribió otra carta al presidente de Estados Unidos, 6 años después de la primera, donde aseguraba que «Toda posible ventaja militar que Estados Unidos pudiese conseguir con las armas nucleares quedará totalmente oscurecida por las pérdidas psicológicas y políticas, así como por los daños causados al prestigio del país. Podría incluso provocar una carrera armamentística mundial».

A esta carta, a diferencia de la primera, no le hicieron caso, por lo que  la bomba fue embarcada en el crucero de guerra Indianápolis. Debía transportarla hasta Tinian, la base norteamericana más importante del Pacífico. Allí sería cargada en el B- 29 de Tibbets, al que éste había bautizado Enola Gay, bautizado así en honor a Enola Gay Tibbets, madre de su piloto Paul Tibbets.

La bomba sobre Hiroshima

Hasta último momento no se había decidido sobre qué ciudad el Enola Gay lanzaría su carga mortífera.

Había cuatro posibilidades: Kokura, Hiroshima, Niigata y Kyoto. La primera opción había sido Kyoto.

Hiroshima no había recibido bombardeos en toda la guerra. Sólo una pasada de dos aviones que habían dejado caer una bomba cada uno.

La primera cayó al agua; la segunda produjo dos muertos. Los habitantes de Hiroshima se consideraban afortunados.

En la madrugada del 6 de agosto, un avión sobrevoló el cielo de Hiroshima. Sonó, como casi todas las madrugadas del último mes, la alarma antiaérea.

Nadie se preocupó en demasía. Era un B-san (Señor B), como los japoneses llamaban a los B-29. Sólo uno. Pero ese B-29 no era uno más. Era el Straight Flush comandado por Claude Eatherly, integrante del cuerpo 509.

Eatherly debía hacer la ruta que sólo una hora después haría el Enola Gay y comprobar las condiciones metereológicas. Desde el cielo, la ciudad se veía con prístina claridad. Eso informó Eatherly.

 El último minuto

Eran las 8.15 del 6 de agosto de 1945, sesenta segundos después comenzaba la era atómica. Con la muerte instantánea de más de cien mil personas. Cien mil muertos en nueve segundos.

El setenta por ciento de las viviendas absolutamente destruidas. Sesenta mil heridos de gravedad. La gran mayoría de ellos murió en los días y meses subsiguientes como consecuencia de la explosión atómica.

Nada quedó con vida a un kilómetro y medio a la redonda del epicentro de la explosión. Ni siquiera vestigios. Todo se evaporó. Todo quedó convertido en polvo radiactivo.

Las personas se desintegraron. No quedaron restos que identificar. Sopladas por la onda expansiva, la imagen de alguien quedó grabada en el pavimento agrietado. La bomba atómica iguala a las cosas con los seres humanos: lo (mucho) que queda a su alcance reducido a la nada.

Casi todos los centros de atención médica de la ciudad quedaron inutilizados. Sólo un diez por ciento de los médicos estuvieron en condiciones de atender pacientes, la fila más larga de pacientes de la historia de la humanidad.

Estados Unidos, después de Hiroshima y Nagasaki, aceptó la capitulación japonesa. Mantenía la figura del emperador y a Hiroito le aseguran impunidad en el juzgamiento por los crímenes de guerra (no así a su estado mayor).

Los grandes criminales del Siglo XX han sido los estados totalitarios. Con sus metodologías crueles, sistemáticas en sus modos de matar. El gas, el frío, el hambre, los fusilamientos. El país que representa a Occidente, el que hace de la libertad su credo, mató en segundos ciento de miles de personas. Hiroshima y Nagasaki. Dos veces con sólo tres días de diferencia.

Tzevetan Todorov escribió: «El totalitarismo puede parecernos, con razón, el imperio del mal; de ello no se sigue en absoluto que la democracia encarne, siempre y en todas partes, el reino del bien».

Fuente: Historia

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