Aleros, tejados y balcones, la Granada de Nicaragua; #OCTUBREORGULLONICA #TEAMONICARAGUA #SOMOCISMONUNCAMAS #FNTNNIUNPASOATRAS #ELTAYACANVENCEDOR

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Por donde quiera que la vista cabalgue las techumbres, un océano de tejas marcadas por la pátina del tiempo colma la mirada que le busca un sello especial a esta otra Granada.

Y eso mientras el caminante recién llegado encuentra refugio bajo los aleros centenarios labrados en maderas preciosas por artífices de la mejor ebanistería.

Luego, o quizás al unísono, la mirada agradecida termina posándose sobre los balcones señoriales que trasladan la fantasía hasta historias de damiselas encantadas por la serenata del mancebo seductor.

Indoespañola en vez de morisca, la Granada de Nicaragua es el norte magnético de la brújula turística en el país, con una gracia que se sale de los cánones internacionales de la industria del ocio.

Tan apacible que ni semáforos existen en las calles del centro, marcadas en letras azul cobalto sobre fondo de esmalte blanco con una ensalada de nombres que amalgaman el mundo precolombino con el hispánico.

Tan distinta que no cuenta con hoteles multipisos ni mastodónticos centros comerciales.

De no ser por su mar de tejados añosos, las obras de arte que sombrean las aceras y los palcos de las viejas serenatas, la Gran Sultana podría preciarse de los dos regalos de la Naturaleza que le sirven de guardaespaldas y manantial de brisas, respectivamente.

Allá por donde las calles permiten avistar un lienzo que llena de verde y níveo el paisaje, la silueta del volcán Mombacho cuida la ciudad desde que en 1524 el conquistador Francisco Hernández de Córdoba puso, u ordenó poner, la primera piedra y de paso fundó el urbanismo español en Tierra Firme.

Si no bastara la majestuosidad orográfica, el centinela que cuida a la ciudad de los vientos meridionales obsequia desde su atalaya forestal, a granadinos y forasteros, unas motas de algodón que cualquier antipoeta podría confundir con nubes o peor, cúmulos.

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Sin ser visible desde el llano epicentro de la ciudad, el lago Cocibolca, el Mar Dulce de los conquistadores, es una presencia que completa las esencias de la Granada pinolera.

Por La Calzada, la anchurosa y polifuncional avenida de los cafés al aire libre y los hospedajes coquetos, al centro urbano le llegan por vía expresa los soplos con que el lago refresca el ambiente de la que también atesora el sobrenombre de París de Centroamérica.

El parque de Colón, la catedral dedicada a Nuestra Señora de la Asunción, y la Plaza de la Independencia con su modesto obelisco a los próceres, conforman el ombligo de la ciudad histórica, escenario sobre el que confluyen los pasos cosmopolitas del turismo.

En esa área la arquitectura muestra sus mejores joyas en las edificaciones acordonadas por amplísimos soportales, defendidos por arcos y columnas que rodean los espacios públicos, imperio de las artesanías de pura raigambre indígena.

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En una de las calles que rectángula el parque en honor al Gran Almirante genovés, la Avenida Barricada, las policromas volantas decimonónicas tiradas por jamelgos postmodernistas hacen fila en espera del próximo turista que quiera transitar sobre ruedas de radio los caminos de la historia.

Y cuando se enrumba por La Calzada hacia el punto cardinal de los amaneceres, el Cocibolca invita a torcer a la derecha y buscar el muelle de las lanchas que hacen el recorrido turístico por entre las Isletas de Granada, tantas como los días de un año que no sea bisiesto.

Pero esa será otra historia, de la cual el lanchero Manuel Ajtzalam Guarchaj ofrece un anticipo comercial, mientras el viajero traza en una neurona la singladura que en otra jornada lo llevará por entre la guirnalda de ínsulas en miniatura que un espasmo telúrico del Mombacho dibujó un día inmemorial en la orilla noroccidental del Gran Lago de Nicaragua.

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